Aparentemente, estamos entrampados en palabras que llevan a confusión o que puedan ser mal entendidas cuando se ha indicado que en un plazo de un mes o a partir de un mes de la última inoculación hay que apelar a una tercera dosis. El tema da para manejarlo desde la ciencia, desde la política o desde cualquier rincón en el que nos movamos, pero es más de ahí y prefiero verlo desde la bioética.

En los últimos treinta años nació la bioética en nuestro país acunado por personas interesadas y apadrinados por universidades y alguna de sus autoridades. Su progreso ha sido significativo en el ámbito académico, con una visión de ética global, es decir, no ética médica como algunos creen, a pesar de que allí reside uno de los escenarios donde más se le conoce y se le reclama.

He visitado, por lo menos, tres ministros de salud en su momento, para ayudar a crear el nicho de la ética de la vida dentro del campo de la salud pública. Ninguno se ha negado, pero ninguno la ha aceptado.

Uno de esos gobiernos le dio personería jurídica a la Comisión Nacional de Bioética (CNB), otro de un partido distinto mediante decreto la designó asesor del Poder Ejecutivo en materia de bioética, pero ni el uno ni el otro le llamó ni le consultó. El decreto nunca ha sido derogado, o sea, que está vigente, mas, en esta situación pandémica no ha sido contactada, ni invitada a la mesa de honor que aprobó y promulgó la aplicación voluntaria de una tercera dosis. La voluntariedad para aceptar la tercera dosis no es lo que lo hace ético, ahí la CNB pudo aportar.

En un gobierno pasado, con el apoyo de una entidad internacional que tiene contraparte en el país, se llegó a presentar una propuesta de convertir un comité asesor en bioética, en su amplio concepto a favor de todo tipo de vida. Se filtró la información de que las autoridades del Poder Ejecutivo la veían con buenos ojos, se redactó hasta un borrador de decreto, pero quedó en el olvido.

En el caso que nos ocupa, la propuesta de una tercera dosis demanda de una visión deliberativa, la cual es propia de la bioética, pero cuidado con el tipo de deliberación utilizada. No se delibera porque haya mucha gente entre los decisores, ni por unanimidad en la toma de decisiones, sino por la capacidad de promover la prudencia como norma de la argumentación. Al final, siempre hay que decidir, alguien tiene que decidir, pero varía el tono al preguntar acerca de que es lo que se va a decidir, porque, aunque se defina como voluntario y se respete la libre opción de inocularse no deja de imponer como criterio de verdad posiciones no contrastadas con sus opuestas.

Mientras venga del mundo de la heteronomía o de la ley o de las autoridades del país o de un área del conocimiento es una defensa de un deliberacionismo estoico que trata de cumplimiento no de valores y no de una visión aristotélica que procede del mundo de la phronesis o prudencia que reside en las salidas intermedias propias del justo medio de las cosas

No es negar las terceras dosis es no afirmarlas sin confrontarse de manera prudente con otras formas de conocimiento, pueden ser opuestas y ambas ser prudentes, sobre todo cuando el fin último es la búsqueda del bien común, empero pudiendo haber confusión cuando la deliberación se convierte en fin y no en medio, como debe ser. Es la deliberación sobre los valores opuestos que se encuentran para hacer que de un conflicto de valores surjan argumentos y propuestas alternativas que afecten lo menos posible a los valores involucrados, como pudiera ser que mañana se tuviera que desdecir de las medidas tomadas hoy, no obstante, que al ser relativas a la vida sería algo muy complicado

La forma de deliberar desde la perspectiva aristotélica analiza los hechos desde la ciencia, la política, la educación, es decir, desde la multidisciplinariedad de los hechos para luego apegarse a la estimativa en la cual rondan los valores que, en este caso, están identificados con la prevención del contagio, con la defensa de la vida corriendo con los menos riesgos posibles y desconocidos.

 La deliberación no busca decidir con votos ni convencer a quienes antes no lo estaban, sino argumentar desde esas visiones, por tanto, es un método preferencial de la bioética cuando los casos son difíciles y su sello de fabrica es la incertidumbre. Ante lo fácil con respuestas conocidas no hay que deliberar, sobre ello se decide, pero cuando la salud pública o la vida están inmersos hay que despojarse de las visiones deontológicas que, de alguna manera, sugieren obligación.

Dilematizarlo es llevar el caso actual a dos posiciones únicas inexistentes o unos a favor y otros en contra. Estamos frente a un problema, donde nadie tiene la garantía previa de los resultados, nadie garantiza el logro de las virtudes que promete su posición,  por eso exigen de la phronesis (prudencia) y de la deliberación frente a una tercera dosis de vacunación lo cual posibilitaría un debate abierto desde la multidisciplinariedad con la participación de actores de diversos sectores.

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